Llegaba, por primera vez, a Fuerteventura, el once de Abril. En el aeropuerto me recogía un Volkswagen combi rojo. Tomamos una estrecha carretera y después de bordear la capital, Puerto Cabras, giramos hacia Jandía, al sur de la isla.
Pueblos humildes, circulación ausente, atravesando una desnuda planicie solo rota, en la lejanía, pur una airosa palmera solitaria.
Pasado el villorio de Tuineje, viramos definitivamente a la derecha, en dirección a Morro Jable.
Muy pronto, en Tarajalejo, se acababa el asfalto, justo donde el mar, en marea alta, osaba invadir el valle, subiendo barranco arriba.
Cruzamos el vado sin problemas y, a partir de este punto, comenzaba una pista de tierra y arena; el conductor del vehículo optaba muchas veces, por abandonar la pista y abría nuevos caminos, para evitar el violento rizado del antiguo.
Pasada la Cuesta de la Pared, un vivísimo lienzo, deslumbrante, ocre y turquesa, se abre ante nosotros hasta el lejano horizonte.